martes, 20 de diciembre de 2011

A 10 años del 19 y 20 de Diciembre de 2001

¿Qué estabas haciendo el 19 de Diciembre de 2001 a la noche? Al igual que cada persona recordará qué estaba haciendo cuando el Día D, cuando la transmisión del alunizaje, el 24 de marzo del '76 o el ataque a las Torres Gemelas, cada persona en edad de recordarlo sabe exactamente qué estaba haciendo ese 19 de Diciembre al comenzar el cacerolazo que terminaría con el gobierno de De la Rúa y, una semana después, con las ilusiones de cambio de más de uno.
Esa tarde yo volvía de un ensayo. El tema del día había sido el de los saqueos. Al bajar del subte en José Hernández, me encontré con gente que venía corriendo avisando a los comerciantes ¡ahí vienen!, y las cortinas se iban bajando rápidamente, con desesperación. Miré a lo lejos y no veía nada, así que decidí ir a ver qué venía y por qué la deseperación. Al llegar a Cabildo y Juramento la avenida estaba cortada, unas gomas quemadas, y había un grupo de pibes haciendo un picado. La imagen era algo surrealista, pero no tenía la cámara encima. Que yo sepa no hubo saqueos, sólo histeria colectiva. Bajé por Juramento caminando por la calle.
Por la noche teníamos reunión de fin de año, en pleno Recoleta, con compañeros de trabajo de mi ex, Gaby. El cacerolazo comenzó como un repiqueteo lejano, casi como si se tratara de una despedida de soltero, y comenzó a ganar intensidad. No mucho después, todo era ruido de cacerolas. Prendimos la tele y nos encontramos con que la gente ya ganaba la plaza, y vimos a De la Rúa cavarse la fosa decretando el estado de sitio. El 20 se suponía que viajaba a tocar en Posadas, en ese momento supe que no iba a ser así. Alguno sugirió ir para la Plaza, otros dijimos que no era muy prudente ir de noche, sin saber bien qué pasaba, que en todo caso al día siguiente a la luz del día, y seguimos la situación por tele.
Las cacerolas seguían.
Por la mañana, no se escuchaban cacerolas pero en la Plaza ya era una batalla campal. A media mañana recibimos un llamado. Una compañera de trabajo de Gaby había ido y había caído en una corrida con la montada. Nada grave, pero al golpearse la cabeza contra el cordón había tenido conmoción cerebral y estaba en observación. Esto no pinta nada bien, pensé. Yo tenía el equipaje armado por las dudas por si viajaba, y la cámara de fotos a mano por si no. Sabía que el show se suspendería, pero no sabía si ocurriría antes de viajar. Honestamente, esperaba que se suspendiera para agarrar la cámara e ir a la Plaza. No iban a faltar shows, pero la historia ocurre un sólo día, y no quería quedarme viéndola por la tele. Al mediodía Gaby partía para un ensayo, aunque ya se sabía, la idea era que se juntaban para ir en grupo hacia la Plaza de Mayo. Cuando llegó finalmente el llamado confirmando que no se hacía el show, bajé a la casa de fotografía de la esquina, y parado frente al mostrador, miré la billetera. No había mucho, pasada la mitad del mes y comprados los regalos navideños.
- Dame dos ProImage de 100 y un Ultra de 400.
- ¿Te vas de vacaciones?
- No precisamente, sonreí...
Al rato, ya en las cercanías de la Plaza, grupos de gente que se volvía, en algunos casos cacerola en mano, en la Plaza quedaban las Madres y los grupos más combativos, las familias que habían ido espontáneamente a manifestarse huían con sus hijos. Más cerca una calle con el asfalto en reparación proveía de piedras a la muchachada. Una vez en la Plaza la cronología se me va al tacho. En algún momento me puse a sacar fotos y se me acercó un hombre.
- Si le sacás fotos a los pibes te rompo la cara, y la cámara.
- OK.
 Y apunté para el otro lado, al tiempo que maldecía no tener un tele. Quedaba claro que no todo era alzamiento espontáneo. Un 35-105 como el que estaba usando bstaría y sobraría para alguien experimentado, pero para alguien verde como yo, todo me quedaba lejos. Mi primer experiencia como reportero gráfico estaba lejos de ser satisfactoria. Alrededor de la Pirámide de Mayo, las Madres hacían su ronda. La Policía Montada cargaba y la cana, muchos de ellos de civil o con su chaleco PFA nomás, estaba meta palo y llevándose gente. Bancos arrancados y piedras que volaban, mientras me cubría detrás de los árboles para que no me llevaran puesto los caballos, traté de hacer algunas fotos.
Caminé hacia el Cabildo, bomberos apagaban una cabina quemada, y mientras sacaba algunas fotos, degusté por primera vez los gases lacrimógenos. Al principio no me sentí muy mal, así que, pensando ingenuamente que eso era todo, me acerqué para hacer fotos de la carga de la Montada, y repentinamente me encontré delante del Cabildo, entre el humo, y todo me empezó a dar vueltas. Pensé – cagué, me desmayo, mientras sentía cómo se me revolvía el estómago, me costaba respirar y mareado entre el humo daba vueltas sin entender para dónde rajar. En eso siento un tirón de la remera.
- No te refregués los ojos que es peor – mientras me tiraba un poco de agua de su botellita - . Tirate un poco de agua y no te toques. Mojate la remera y tapate la cara.
El que me hablaba era un fotógrafo que, claramente, tenía la experiencia de la que yo carecía. No se si le llegué a agradecer antes de desapareciera en el medio del quilombo y se fuera a hacer fotos. Decidí buscar un kiosko, conseguir un agua e irme hasta el Colón a decirle al grupo que iba a venir que no era buena idea. La Plaza ya no era terreno para manifestarse, era un campo de batalla. La cana estaba cebada, supongo que era su revancha después de muchos años, se las dieron servida y la aprovecharon. Veía las corridas de la montada y me recordaba a las marchas de la Multipartidaria en los finales del Proceso. ¿Algunos de los fotógrafos sin dudas habían estado allí? ¿Qué pensarían? ¿Habrían imaginado que alguna vez iban a volver a ver eso?
En mi búsqueda de un kiosko (!), supuse erróneamente que era más seguro ir por Avenida de Mayo, así que, más o menos a la misma hora en que desde el HSBC disparaban y mataban a uno de los manifestantes, pasé entre corridas y, finalmente, llegué a la 9 de Julio. Allí me encontré de repente con que por Rivadavia doblaban los canas motorizados. Lejos, los peores, los mismos que, años antes, pateaban a los autos cuando pasaban los Falcons que llevaban a Videla. Parecían disfrutar el momento. Era su momento. Antes de arremeter pararon, y uno de ellos apuntó hacia mi con la Itaka. Instintivamente levanté la cámara. Suerte de principiante, por algún motivo al cana le importó. Me miró, apuntó a otro y disparó. Salieron a mil disparando, la gente corriendo para todos lados. En la 9 de Julio un tipo sangraba rodeado de un grupo de gente. No me atreví a sacar esa foto. No me parecía bien, no estaba trabajando, no sabía para qué estaba sacando esas fotos, o si, lo hacía para mi, para tener mi documento y no quedarme con lo que veía en la tele. Por el motivo que fuera no la saqué, y después me arrepentí, la debí haber sacado. Pedían fotos que ayudaran a identificar gente, hechos y lugares, y, tal vez, esa foto hubiera sido útil. ¿Como sea, no la saqué. Milagrosamente, conseguí un kiosko. Empecé a caminar hacia el Colón. En eso se me prende a caminar un gordo con pinta de sindicalista, en cueros, la panza cayéndole sobre el cinto, la columna erguida como sacando pecho para sostener ese peso bamboleante.
- ¿Ya rompiste una vidriera? Me dice.
- No. ¿Hay que romper vidrieras? Pregunté sonriendo.
- No sabés. Tenés que romper alguna. Agarrá una piedra – me dice, haciendo el gesto de tomar un adoquín con las dos manos y tirarlo como quien saca un lateral en fútbol – y tirala. Vas a ver qué bien se siente cuando se hace mierda el vidrio y explota. Te ahorrás la guita en psicólogo.
Gracias, le digo, voy a probar. Y apuro el paso, no sea cosa que tenga alguna otra idea terapéutica y ésta me incluya. ¿Habrá ido alguna vez el gordo al psicólogo?
Nadie en el teatro. Llamado a casa y me entero de que ya habían sido advertidos y no iban a ir. Todavía me quedaba un rollo. Decidí volver a la Plaza, pero por otro lado esta vez. Desde el Obelisco el camioncito de Crónica mostraba las corridas, los gases. No, Corrientes no parecía estar mejor, en Lavalle otra vez recibo la sugerencia de ir a hacer fotos a otro lado so pena de perder los dientes, la cámara y mis (pocas) pertenencias. Esquivando corridas y cosas que la gente de los edificios tiraba a la policía (vi caer desde banquetas hasta bolsas con mierda) encaré hacia la Casa Rosada por donde pude. Ya casi llegando, un grupo de la Guardia de Infantería salió corriendo por Florida. Decidí seguirlos. Su estado físico er notablemente mejor que el mío (lo que no es mucho decir). Al llegar a Sarmiento les había perdido el rastro, pero en la misma esquina en la que un rato antes había fotografiado a la gente siguiendo lo que pasaba en la Plaza en las teles de Frávega encontré a unos canas arrestando a un par de tipos ensangrentados, saqué un par de fotos de lejos, en eso me acerqué, un cana me miró de reojo con mala cara y de repente me di cuenta de que estaba solo. No me pareció buena idea, así que silbando bajito me escabullí hasta la explanada de la Casa de Gobierno, en donde me encontré con cantidad de fotógrafos. Después de un rato de fotos ya me quedaban pocas, y caía la tarde. Lo pensé un poco y encaré de nuevo hacia la 9 de Julio.
Un rato después, cuando me encontraba nuevamente delante de Colón, la gente empezó a festejar. Si me hubiera quedado en la explanada, tendría la foto del helicóptero. De la Rúa había renunciado, y todos festejábamos, aunque no sabíamos bien qué.
Al día siguiente llevé las fotos a revelar, pedí los contactos como siempre, y cuando pasé más tarde el dolape de Ciudad Fotográfica me pidió permiso para hacerse una copia de una de las fotos. Era la foto del grupo de gente siguiendo a través de los televisores de la vidriera de un Frávega lo que pasaba en la Plaza. El negocio tiene una marquesina enorme que dice “Paz en el mundo”.
Tuve que caminar un rato para poder tomar un bondi, casi hasta Recoleta. A medida que me alejaba, los bares estaba llenos de gente que tomaba una cervecita como cualquier otro día, en algunos casos ignorando lo que mostraban los televisores.
Los días que siguieron no volví a salir a sacar fotos. Era casi fin de mes, habíamos comprado los regalos de Navidad, no había guita para rollos. Lo que siguió de la historia lo vi por la tele.






















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