viernes, 26 de mayo de 2017

Endogamia cultural

 O, "de cómo me pudrí de los foros de Internet y empecé a pensar que sirven para poco y nada"
¿Quién no leyó alguna vez que los de tal o cual dinastía se iban volviendo más tontos o con más problemas de salud producto de la endogamia? ¿Quién no vió alguna vez un programa en National Geographic en donde una familia de leonesleopardososucedáneos corría peligro porque a la hora de reproducirse no le quedaba otra que hacerlo con animales de su propia familia? La endogamia a nivel biológico no es novedad, y quien más quien menos, todos hemos escuchado hablar del tema alguna vez. La endogamia cultural es otra cosa. No hablo de artistas incestuosos, no.
La primera vez que se me vino a la cabeza esta definición fue, créase o no, recordando a Claudio María Domínguez en Odol Pregunta. No, no recuerdo puntualmente al ahora devenido pseudo-gurú new age en sus épocas de niño prodigio, yo era muy chico y sólo tengo vagos recuerdos de Cacho Fontana en blanco y negro, pero luego me vine a enterar de que este pibe sabía mitología griega (si no me falla la memoria) que daba miedo. Como sea, sea que realmente sabía o estaba todo armado, para responder en la tele había que saber quién era Homero (hoy dirían "el papá de Bart y Lisa"), qué fué el Siglo de Pericles, quién era Atila el Huno, qué pasó el Día D o en Stalingrado, o cosas por el estilo que implicaban, por lo general, haber agarrado un libro o, cuanto menos, la Selecciones del Reader's Digest o El Tony. Hoy, en cambio, para responder en la tele, hay que mirar la tele. Y ya. ¿Quién actúa en tal novela? ¿Quién hizo de malo en tal otra? ¿Quién conduce Telenoche? Y cuando nos pudrimos de los programas de televisión, miramos uno en el cual se muestran las cosas más ridículas acontecidas en la semana televisiva, y nos reímos de la tele, nos olvidamos, y a la semana nos reímos de nuevo y nos olvidamos de nuevo. Y entonces me subo al subte, y un actor hace chistes fáciles poniendo voz de maricón sobre Tinelli, Gran Hermano o Ricardo Fort. Nos va faltando ver un día el programa de la Filarmónica en el Colón presentando "Las músicas más maravillosas de las novelas de la tarde", una adaptación de la novela de moda en el San Martín, o, por qué no, Santo Biasatti recita a Narosky. Tal vez no falte mucho para eso.
Pero bueno, no era de la tele de lo que quería. No tengo tele, no me importa la tele y no la extraño. Y cuando la extraño veo algo en la web. Quería hablar de la endogamia cultural (o lo que para mi significa), de cómo nos vamos volviendo cada día más bobos (y menos curiosos) a medida que nuestro horizonte cultural se restringe a una diagonal de x pulgadas. Al punto.
Durante años - más de los que quisiera admitir - fui asiduo participante de listas de correo, empezando apenas tuve conexión a Internet con la vieja Nikonlist que feneciera en circunstancias nunca aclaradas y que en 1998 me sirviera para elegir mi primera Nikon, desasnarme respecto de que un 70-300 no me iba a alcanzar para fotografía de aves y descubrir que los charlatanes de feria no son un fenómeno exclusivo de Argentina. Luego empecé a participar de foros de fotografía (y de música, aunque en menor medida, tal vez por tener en ese campo una educación formal). Enormes ventajas de foros sobre listas de correo: uno puede compartir fotos, videos, audio. Al principio me parecieron una gran fuente de información invaluable para el que aprendía, hasta que empecé a ver una línea de comportamiento que se repetía una y otra vez: todo el mundo sabe, todo el mundo explica, se da una suerte de democratización trucha del conocimiento. Porque no importa mucho no saber de qué se está hablando, o tener los conocimientos ahí, pegados con chinches. No importa si le estamos mandando fruta al otro alegremente. No importa. La lógica es la de "todo el mundo tiene derecho a opinar", y nadie puede, sin ser acusado de facho o de intolerante o de anticuado o de todas ellas, decir que tal vez sería buena idea ejercitar un poco la humildad, hablar de lo que se sabe y dejar que de lo que uno no sabe hable el que sí. Y es cierto, claro, todo el mundo tiene derecho a opinar. Lo cual no significa que deba. Me recuerda al chiste que dice que la definición de un caballero es "un sujeto que sabe tocar el acordeón pero se abstiene de hacerlo." Todos tenemos el derecho inalienable de entrar a un foro de oftalmólogos y opinar sobre cataratas o maculopatía, ¿no? ¿por qué no hacerlo? .
Pero hasta eso lo podría tolerar. Boludos y bocones hay en todos lados, y no es lógico suponer que Internet y los foros vayan a ser una excepción.
El problema a mi me surge cuando veo esta foto - maravillosa, por cierto - de Henri Cartier-Bresson:


Entro a mi foro amigo y leo entonces que "no es gran cosa", "está movida", "si no fuera de un tipo famoso nadie diría mucho de ella" y, llegamos al punto que más me interesa: "acá en el foro muchos tienen fotos mejores".
Endogamia cultural de libro.Todo se refiere al foro, todo se aprende en el foro (me han contestado "Ansel Adams es un tipo como cualquier otro, puede estar equivocado" para justificar un post en el cual se aseveraba que la distancia focal no tiene incidencia en la profundidad de campo...), cualquier duda se pregunta en el foro y si contesta uno de los llamados "grosos del foro" (en el foro, claro está) , lo que sea es indudable e indiscutiblemente cierto. Si uno de los grosos del foro pone en dudas una foto, la foto ha de ser una mierda, o está sobrevaluada, o es cosa de snobs. No importa que sea parte del patrimonio de la humanidad, que esté en todos los libros de historia: acá, en el foro, se sacan fotos mejores, y si uno de los grosos se ríe, todos se ríen de la foto. Si por otro lado, uno ve una foto completamente intrascendente y lee comentarios como "maravillosa composición", "qué buenos colores", "qué nitidez" de parte de uno de los grosos, ha de ser buena, ¿no?. ¿Es buena tal cámara? Si querés sacar fotos carnet está bien, dicho acerca de una cámara que usan muchos colegas para trabajar y son publicados a nivel internacional.
Poco y nada se habla del contenido de una foto. Poco y nada acerca de qué dice una foto, poco y nada del contexto. De hecho, rara vez se habla de fotografía, rara vez se pregunta ¿por qué fotografiamos?, ¿qué esperamos de nuestras fotos? Sólo se habla de fotos, como se hablaría de fútbol o de videojuegos. Es como escuchar una charla entre cirujanos y que no se hable de curar sino de si el bisturí tal corta mejor que el otro, la manera correcta de agarrar el escalpelo o atarse el delantal. Si el tipo sobrevive o no ¿a quién carajo le importa? Importa si el escalpelo es de acero sueco o lo hace Tramontina en Brasil.
Cuando termine de escribir este texto y justito antes de publicarlo me ponga a asignarle etiquetas, debería poner una que diga descarga, o catarsis. Esto es Internet, aquello de lo que hablo ocurre y va a seguir ocurriendo, así que ya saben: a no tomarse tan en serio los foros. Ni los blogs, para el caso.

martes, 23 de mayo de 2017

La felicidad en 1.4 (esto no es una reviú)

Como lo dice el título, esto no intenta ser una reviú ni nada por el estilo. Las hay a montones, , suficientes como para confundir hasta al más decidido a la hora de comprar. Tan sólo me limitaré a contar cómo fue que cayó en mis manos un Sigma 24mm f/1.4 ART, y por qué estoy muy feliz con el.

Por años estuve reacio a ir a por un lente 1.4, siendo el feliz poseedor de un 50mm f/1.8 la guita extra necesaria para disponer de un puntito y pico más de luminosidad hacía que la idea no me resultara para nada tentadora. Tomó un poco de suerte, de la buena y de la mala, para que esto cambiara.

Usé por dos años una de las míticas bestias de Nikon, el AF-S 14-24mm f/2.8, parte de eso que los yanquis, tan dados a ese tipo de definiciones, llama la "Trilogía Sagrada", 14-24, 24-70 y 70-200, todos f/2.8, todos excepcionales. Si uno está dispuesto a dejar la espalda en el proceso, con esos tres y un par de cuerpos tiene el 90% de sus necesidades fotográficas cubiertas. El 14-24 es todo lo que dicen de el, una joya con un nivel de distorsión increíblemente bajo, excepcional calidad de imagen, un kilo de peso y un elemento frontal enorme. Un objetivo increíble. Entra en escena la mala suerte. Muchos lo sabrán, Argentina está pasando por una de sus clásicas crisis económicas (de esas en las que, para convencerte de que las cosas van bien, te dicen que las cosas están mal pero vamos por el buen camino). En síntesis, decido vender el 14-24: necesito la guita.

Pero al parecer la crisis no es algo que me afecte a mi solo, me toma más de un año tener un interesado. De hecho, cuando aparece uno, como por arte de magia resulta que tengo cuatro interesados y tengo que decidir a quién venderle. Entra en escena la buena suerte: uno me ofrece un Sigma 24mm f/1.4 ART y la diferencia en billetes con la cara de Benjamin Franklin. Me tomó dos segundos decidirme.

Resulta que llevaba un tiempo pensando reducir el equipo que cargo. En una cobertura típica, llevo encima una Nikon D700, Tamron 24-70mm f/2.8, Nikon 80-200mm f/2.8, 50mm f/1.8, un SB900 y, cuando la ocasión lo amerita, la D300, el 14-24, lo que sumado a baterías extra, cargadores, la netbook y otras yerbas hacen que el bolso Domke J-2 pese más de lo que los kinesiólogos recomiendan. Así que hace un tiempo que maquinaba la idea de cambiar por un kit con dos posibilidades: 24 y 50mm fijos y el 80-200; o, cuando no necesito el alcance y la versatilidad del zoom, 24, 50 y 105mm fijos. El peso se reduce de manera drástica, y la calidad de imagen no tiene comparación.

Volviendo al punto, acepté la oferta, y en una mesa de bar vi cómo se iba el 14-24 y caía en mis manos este objetivo. No me interesa aburrir con detalles tecnicos, están todos publicados en la página de Sigma: https://www.sigmaphoto.com/24mm-f14-dg-hsm-a

Sólo diré que desde el momento en que uno lo agarra sabe que es un buen objetivo, sólido, bien construido, nada en él parece barato. Hasta el parasol encaja que da gusto. Nunca entendí por qué Nikon te vende un objetivo a usd1300 con un parasol de plástico que a los dos usos se deforma y se cae. Perdí dos de mi 80-200 antes de optar por no usarlo más con parasol.

Las pregunta son, ¿por qué 1.4? ¿Hace falta esa luminosidad en un 24mm? ¿Qué tal anda?

Son las preguntas que me hice por un tiempo (mientras pensaba qué hacer, si eventualmente estirarme a este Sigma o apuntar a un 24mm f/2.8). Respuesta corta: si y no.  No porque ciertamente se puede vivir con el 2.8, así que necesario, lo que es necesario, no podemos decir que lo sea. Y si porque si, claro, porque una vez que tenés la posibilidad de ir hasta 1.4, lo vas a hacer...


Nikon D700, Sigma 24mm f/1.4. ART – 1/100, f/1.4, iso 400

Estoy acostumbrado a trabajar con normales y teles luminosos, por lo que el tema del desenfoque no es ni novedoso ni shockeante per se, pero la posibilidad de lograr meter contexto, un montón de contexto, y al mismo tiempo eliminar el ruido de fondo es sencillamente genial.


Nikon D700, Sigma 24mm f/1.4. ART – 1/125, f/1.4, iso 3200

La foto de arriba luce al mismo tiempo cargada y limpia, con un sujeto claro. No me preocupé en ese momento por hacer una prueba, pero puedo apostar que aún en 2.8 el fondo se volvería más molesto.

Si rinde en 1.4, uno pensaría que cerrando el diafragma la performance va a ser buena, y no se equivoca, es así, simplemente excelente. La foto que sigue no había manera de hacerla sin la gente ubicada en el ángulo inferior izquierdo. Tanto la nitidez como la distorsión están más que bien.


Nikon D700, Sigma 24mm f/1.4. ART – 1/800, f/8, iso 200

Lo he tenido por poco más de dos semanas, y el lente quedó atornillado a la D700. Por si fuera poco, puesto en la D300 se transforma en un hermoso 35mm f/1.4, perfecto para fotografía callejera. De hecho, con un bolso chico, 24 y 50mm y los dos cuerpos tengo 24, 35, 50 y 75mm con apenas un poco más del peso de un sólo cuerpo y el 14-24,

Algunas fotos más, de muestra.







Endogamia cultural

  O, "de cómo me pudrí de los foros de Internet y empecé a pensar que sirven para poco y nada" ¿Quién no leyó alguna vez que los ...